La historia que
les voy a contar ocurrió cuando yo era chica, aunque no recuerdo exactamente la
edad que tenía. En Melipilla había un club de vuelo al que íbamos todos los
domingos con mis papás y mi hermano. El paseo consistía en ir y volar en una de
las avionetas, conducida siempre por el mismo piloto cuya disposición amable
era la razón por la cual mis padres lo elegían cada vez.
Yo recuerdo
aquellos vuelos en la avioneta pequeña, la vista del paisaje desde arriba,
sentada mirando por la ventanilla. Un día, sin embargo, me negué a subir. No
quiero subir porque este avión se va a caer, dije. No gritaba, no lloraba. Pero
insistía con seguridad. ¡Este avión se va a caer! ¡Este avión se va a caer! Fue
tanto lo que insistí que finalmente nos quedamos en tierra sin dar el paseo de
los domingos arriba del simpático avioncito.
El fin de semana
después, por alguna razón sin importancia, no fuimos al acostumbrado paseo. Bueno,
pues ese mismo fin de semana, según supimos posteriormente, ese avión, el
mismo, se cayó arriba de un cerro.
Nunca más
volvimos a ir.
Claudia May
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