Nunca me gustó
esa casa, afortunadamente sólo la visitábamos durante el verano o bien de paso
cuando nos tuvimos que mudar definitivamente a Santiago. No era una casa fea,
por el contrario, era hermosa y grande, demasiado grande. Era una casa antigua
y se notaba que en sus buenos tiempos había sido muy lujosa, sin embargo, yo no
me sentía cómoda en ella, siempre sentía que las paredes tenían ojos y me
miraban, sentía que el silencio no era tal, siempre podía esconder algo más.
Jamás me cuestioné que una casa tan grande fuera propiedad de una familia
claramente de clase media y menos me cuestioné que mi papá que siempre fue
pobre hubiese ayudado a mi tía a comprar esa casa, tampoco me cuestionaba que
jamás nos mandaron solos al segundo piso durante la noche… cuando había que
acostarse, todos subíamos juntos y luego nadie bajaba, y por supuesto que ir al
baño en la noche tampoco era una opción.
Una vez que crecí, esa casa se arrendó
a una empresa y fue entonces cuando me enteré el secreto que escondía, supe que
todos los habitantes adultos ya fueran permanentes o no, habían sentido en
algún momento subir a alguien por la escalera, escuchaban crujir todos los
peldaños uno por uno lentamente y luego se detenían al llegar arriba, por
supuesto jamás había nadie ahí; también veían pasar a alguien por el patio
frente a la cocina, a un hombre muy pálido y alto y suponemos que esa presencia
era la que mi tía Raquel siempre veía echarse hacia atrás casi teatralmente
cuando tiraba el té malo por la ventana.
La misma tía en otra ocasión sintió que se abrían las puertas de una habitación
que no se ocupaba y el ruido de mucha gente como si salieran todos de una
fiesta, el loro que estaba con ella también se volteó a mirar, pero obviamente
no había nadie y la puerta seguía cerrada.
Una tía materna vivía al frente de
esta casa, por ella supimos que la casa había pertenecido a una familia muy
rica, y que el chofer se robó las joyas, mientras intentaba huir por la
pandereta, lo mataron y las joyas jamás aparecieron, se cree que quedaron
escondidas en alguna parte de la enorme casa.
Siempre me he preguntado si esa
presencia que muchos escucharon o vieron pertenece al chofer que no descansa en
paz o a algún otro habitante antiguo de la casa que camina por ahí buscando las
joyas perdidas. Para los amantes del misterio, les cuento que esa casa aún
existe, actualmente la ocupa una empresa, se encuentra en calle Ventura Lavalle
681, Santiago Centro.
Atentamente:
Cristina Escobar
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